lunes, 8 de octubre de 2012

El Che, más allá de su tiempo


Por: Ileana Ortega Pozo

Cada año, en Octubre, volvemos una y otra vez sobre aspectos de la vida del Comandante Ernesto Che Guevara – Che-, en ocasiones más o menos conocidos, en otras reiterados y en muy pocas inéditos; pero siempre pendientes de que cualquier detalle, sobre el Guerrillero heroico,  pueda ser revelador de la vida de un hombre excepcional, que trascendió las fronteras de su tiempo.

Hoy evoco su humildad, cuando en octubre de 1958  arribó a las montañas del Escambray al mando de la Columna Número 8 Ciro Redondo,  para llevar a cabo la lucha guerrillera en la zona central del país. 

También rememoro su exigencia como Ministro al triunfo de la Revolución en 1959. En esos primeros años surgió el Ministerio de Industrias, y como su titular fue nombrado el Che.

Admiro su estirpe internacionalista cuando en 1965 decidió incorporarse a la lucha armada en el Congo para contribuir a la liberación de ese país africano, junto a cientos de cubanos entre los que se encontraba el doctor Rafael Zerquera; o en la lucha guerrillera en Bolivia, junto Leonardo Tamayo Núñez, quien después sería uno de los tres únicos sobrevivientes cubanos de la heroica contienda.
 
Hablar del Che, es hablar del hombre de carne y hueso, no del ícono, ni la figura mística. Es hablar de sus ataques de asma que le impedían comer desde que era niño, pero cuando estaba bien devoraba los alimentos. De la conocida anécdota de la lata de leche condensada que compartió en varios momentos con sus compañeros, del gustado café amargo, o el mate, que su tía Beatriz conseguía enviarle desde Argentina hasta la Sierra Maestra. De los días sin comer y de un desgaste físico y psicológico atroz, reseñados en su diario de campaña en Bolivia, seguidos de comilonas de puerco asado con maíz, o el charque (carne seca al sol) y sus gusanos -uno de los platos principales-, junto con la carne de los caballos que irremediablemente tenían que sacrificar para combatir el hambre.

El Che fue precursor de las Brigadas internacionalistas médicas de hoy. Cuenta Zerquera, que en el Congo, como médico integrante de la columna internacionalista de Che, recibió la orden de prestar asistencia médica a sus compatriotas heridos y enfermos, e incluir en su quehacer profesional la atención preventiva y terapéutica a la población civil. 

Guevara fue un visionario permanente del inminente peligro que ceñían sobre Nuestra América los Estados Unidos. En su diario en Cuba escribió: “En este afanoso oficio de revolucionario, en medio de luchas de clases que convulsionan el continente entero, la muerte es un accidente frecuente”. En el de Bolivia dijo: “He llegado a los 39 y se acerca inexorablemente una edad que da qué pensar sobre mi futuro guerrillero; por ahora estoy entero”. 

Y con esa entereza desapareció físicamente el Che, aquel 9 de octubre de 1967, a la 1:10 p.m., en la escuelita de un pequeño pueblo boliviano llamado La Higuera. 

Hoy a 45 años de aquel fatídico día, debemos recordarlo como el hombre excepcional que trascendió las fronteras de su tiempo.